En el bar, había algunas personas en la barra y varias mesas
estaban ocupadas. Y en una de ellas, yo. A través de la ventana veía la gente
pasar. El día iba en franca decadencia mientras se oscurecía el cielo
despejado. Pronto empezarían a brillar algunas estrellas. En la calle, algunos
coches de todo tipo y color pasaban por delante de mi vista. Unos a velocidad
de paseo. Otros llevaban prisa. La misma variedad se apreciaba en los peatones.
Gente andando, gente corriendo. Niños juguetones. Pandillas de jóvenes vitales
o no tan vitales, que de todo habría. Adultos en apariencia, porque la edad está
en el espíritu, o eso dicen algunos que no sé si llegan a convencerme. Ancianos
tan decadentes como el día, o tan
vitales como algunos jóvenes.
Dentro del bar,
algunas personas conversaban en la barra mientras otras pedían lo que deseaban tomar.
En una mesa la típica familia: padres de mediana edad con
el niño y la niña que conversaban sobre el día a día de eso que llaman convivencia
y que algunos opinan que es tan difícil. En otra mesa una pareja se besaba todo
lo apasionadamente que permite un lugar público. En otro rincón, varios
ancianos jugaban a algún juego de mesa. Era un bar donde gente de todas las edades
solía entrar a pasar el rato y a compartir momentos de sus vidas con otras
personas. Y en otra mesa estaba yo. Yo y nadie más. Mi mirada pasaba de una
mesa a otra, al murmullo de la barra o al río de vida del mundo exterior. Todo estaba
de alguna manera en movimiento. ¿Incluido yo? No lo sé. Supongo que de alguna
manera, sí, a pesar de que la quietud parecía dominar, al menos en parte, el
punto donde me encontraba.
¿Qué hacer? Mi
refresco, el enésimo refresco, se estaba acabando. Podía levantarme de la mesa
y saludar a algún conocido, pero ¿a quién conozco? Podía irme a casa,
pero ¿dónde estaba mi casa? Olvidé apuntar la dirección en el correspondiente lugar
de mi memoria. Podía buscar un lugar donde dormir pero, ¿para qué acelerar la
llegada de la noche? Incluso podía entablar conversación con algún desconocido
en la barra, en otra mesa, en la calle pero, yo no sé saludar. Mientras lo
pienso, seguiré mirando y moviéndome a mi manera. Tal vez mientras tanto, puede
que alguien entre por la puerta y me mire. Puede que ella me mire.
Mi refresco, el enésimo refresco, se estaba acabando. Una camarera
andaba cerca. ¿Me lo parecía a mí o sus ojos tenían un brillo especial? ¿Eran
imaginaciones mías o sus labios pedían besos?
- ¡Camarera, por
favor, otro refresco!