La llegada
Atrás quedan muchos kilómetros de carrera. Ahora estoy recorriendo el
último antes de poder disfrutar de la satisfacción de haber llegado al destino
deseado. Mi cuerpo está dolorido y cansado. Hace mucho que perdí de vista la
cabeza de carrera por delante de mí. Mi objetivo era y es llegar al final. No
corro para vencer sino para llegar. Los compañeros debemos ayudarnos. Mi avance
es lento y tambaleante, pero ya queda poco para la meta. ¿La meta? Un momento.
Ahora veo el cartel colocado sobre la línea final. No consigo ver bien por el
cansancio y me froto los ojos. Parece una locura, pero no hay duda, lo estoy
viendo. Desde el principio de la carrera esperaba ver ese cartel. Me acerco y
la desolación me invade por momentos. ¿Cómo es posible? Me dispongo a cruzar la
línea mientras la angustia roba terreno en mi mente al alivio intuido poco
antes de traspasarla. Miro una última vez la pancarta que se levanta firmemente
sobre mi cabeza. Ahora ya no podré parar. El dolor me llena de punzadas por
todo el cuerpo. La fatiga se extiende por fin hasta por mi alma. Miro al frente
y reúno con rabia las fuerzas que aún me quedan para seguir corriendo más y
más, desterrando de mi mente la idea de un pronto cumplimiento de mis deseos de
alcanzar los objetivos. Ya no hace falta que vuelva mirar el cartel sobre la
línea. Ahora sé que donde esperaba ver la palabra “META” está escrita otra
palabra, un inquietante anuncio: “SALIDA”. Me cuesta salir de la confusión,
pero sigo corriendo. ¿Aún quedan fuerzas? Sí, y ganas de llegar. Continúa el
avance hacia el objetivo. ¡Adelante!