Ni frío refrescante ni calor acogedor. Ni placer satisfactorio ni
dolor que fortalece. Ni risa que libera las tensiones ni llanto que desahoga. Y
en medio del vacío, aprendí a sentir el vacío. Sé que hay personas, porque las
veo. Y sé que las personas tienen voz, porque las oigo, pero me pregunto qué
estarán diciendo y cómo suena mi voz. Acaso me estoy quedando mudo. ¿De quién
es la voz que escucho cuando hago como que me escucho? Aún hay tierra firme
bajo mis pies y un cielo sobre mi cabeza. Y yo mirando siempre al horizonte
donde el Sol expande su luz entre negros nubarrones. Para alcanzar la luz hay
que sobrevivir a la tormenta que se cierne sobre y dentro de mí. Y mientras,
permanezco inmóvil, asustado, avanzando ligeramente muy de vez en cuando hacia
donde la multitud de señales indican. Un viento helado azota mi cara, pero no
siento frío. Esa misma ráfaga arrastra colina abajo un pedrusco que choca
contra mis piernas. No me duele. Alguien a mi lado pone su mano sobre mi mano.
Un terror agudo me invade al ver la figura vestida con manto y capucha. Mi
corazón me dice que abrace a quien está frente a mí a pesar del miedo. Alargo
mis brazos lentamente y su cuerpo me resulta intangible. El intento de abrazo
de me hace caer al suelo. El chaparrón que acompaña a la tempestad ha
encharcado el suelo. De pronto siento mucha sed y bebo del agua de lluvia que
forma los charcos. El alivio no consigue sin embargo apagar la sed. Quiero
levantarme y correr y tropiezo en el intento. Caigo con el rostro pegado a la tierra
e inmediatamente quedo profundamente dormido. A continuación despierto. No sé
cuánto tiempo ha pasado. Ahora estoy tumbado sobre un prado lleno de belleza y
vida. Mis ojos ven un cielo azul con un sol resplandeciente. Me levanto. Vuelvo
a avanzar. El viento me impulsa a volar amparado por el firmamento.