Entré
por la puerta medio desencajada del templo en ruinas y la única vela que aún
permanecía encendida, iluminaba muy débilmente el lugar. Los muros agrietados
sostenían una bóveda igualmente repleta de grietas. En el piso, muchas baldosas
habían desaparecido dejando a la vista la tierra desnuda. Todo aquello parecía
estar a punto de derrumbarse sobre mi cabeza. Me arrodillé frente a la única
vela que aún brillaba y comencé a rezar. No quería abandonar el templo, porque
cuando lo hiciera me transformaría en otro ser distinto. Dejaría de ser. ¿Qué
podía hacer? ¿Convertirme en una ruina entre ruinas? ¿Dejar de ser yo? ¿Reconstruir
el templo? Me decanté por esta última opción mientras buscaba respuestas en mis
oraciones. Quería creer que era posible reconstruir y pedí a lo Alto fuerzas
para conseguirlo, para ponerme manos a la obra, ¿pero cómo lograrlo? De pronto,
el crujido tenebroso de la puerta sonó a mi espalda. Sobresaltado, me di la
vuelta. Alguien había entrado en el templo. Era una mujer que caminaba hacia
mí. Su atuendo era un vaporoso vestido blanco. Mientras se aproximaba, miraba fijamente
a mis ojos. No, no era a mis ojos. Su mirada parecía traspasarlos y fijarse en
algo detrás de mí: el altar. Entonces, llegó a donde yo estaba y se detuvo a mi
lado la miré, pero ella seguía mirando al frente cuando sentí que cogía mi
mano. Supe quién era. Ya éramos uno. Mis ojos se dirigieron al altar. En el
campanario del templo sonaron campanas de boda.