No eres sólo un sueño
René
se vio en el espejo. Esa imagen que se movía al mismo tiempo que él y que lo
miraba fijamente, era la suya. Se había mirado en otros ojos, los de Lys y al
verlos había comprendido el significado de la palabra belleza. Pero ahora no
era Lys a quien veía, sino a él mismo. Y no soportaba mirarse a los ojos. Quiso
apartar la mirada de aquel espejo y pensar en ella, pero no lo lograba. Lo que
vio, lo hizo dudar: algo parecido a un hombre sentado en una máquina con
ruedas. Vio un hombre. Vio una máquina. El artefacto que lo ayudaba a moverse
no solía fallar mucho, pero ¿y el hombre? ¿Quién sabe que el corazón late si
los latidos no resuenan en algunos lugares? ¿Cómo puede extenderse la
electricidad si hay cables cortados? En todo caso, ¿qué sería él sin la máquina?
Un cuerpo sin garantía en caso de fallo, una cabeza que piensa demasiado, un
corazón que siente lo que en realidad no logra sentir, un espíritu sediento.
¿Algo más? Se dio la vuelta porque no soportaba más su reflejo. No se soportaba
más a él mismo. No comprendía cómo ella podía aguantarlo. Y al darse cuenta de
que Lys había estado observándolo, su corazón se aceleró. Su ojos estaban
enrojecidos y le dolía el vientre. Entonces ella se acercó y sin decir una
palabra más de las necesarias lo besó como nunca nadie lo había hecho antes y
se fundieron en un abrazo mientras en el corazón de René volvía a clavarse una
vez más la profunda mirada de su novia. Sólo acertó a decirle a ella una frase:
- Dime que no eres sólo un sueño.