El
fragor de la encarnizada contienda restallaba en los oídos del caballero. Los
gritos de ambos bandos se entremezclaban en una sinfonía desafinada de
principio a fin. Se lanzó con fe decidida al ataque empuñando su espada. Ya se hallaba
próximo en su embestida a la vanguardia de las hordas rivales cuando se detuvo
como paralizado. Permanecía en pie con la espada en alto, pero estaba
totalmente quieto con un gesto de incertidumbre en su rostro. Por su ojos
cruzaron imágenes de horror, sangre, injusticia y dolor. Se vio a sí mismo
cometiendo mil y una atrocidades. De repente, como guiado por la misma fe que anteriormente
lo impulsó, puso una rodilla en tierra y agarrando fuertemente su espada con
las dos manos, la clavó en la tierra. Se hizo el silencio. Los ejércitos se
habían detenido. La guerra estaba parada como en un suspiro contenido. En ese
instante, como liberando una misteriosa energía oculta, la espada comenzó a brilla
con un fulgor que inundó todo el campo de batalla. Los guerreros de ambos
bandos cayeron de bruces. Todos parecían muertos. El brillo de la espada
desapareció tan de improviso como había aparecido. Uno a uno, todos los
presentes fueron poniéndose en pie como recobrando la vida. Los bandos
volvieron a formar las filas uno frente al otro. Él cogió la espada y la
envainó mientras ocupaba su lugar. Entonces él líder del grupo rival se
adelantó lentamente y se fue acercando hacia nuestro caballero. Se detuvo
cuando ya estaban muy cerca el uno del otro. Se miraban a los ojos con un expresión
firme. La tensión fue creciendo por unos segundos mientras permanecía en su
posición completamente inmóviles y cerca, muy cerca. Por fin algo se movió en medio
de la quietud. Los líderes levantaron sus antebrazos con las manos extendidas y
acto seguido las unieron en un fuerte apretón. Los guerreros rompieron filas y
se acercaron los unos a los otros fundiéndose entre ellos en una multitud de
abrazos que culminaron con un grito bien entonado y al unísono: ¡PAZ! En ese
momento, todo quedó sumido en tinieblas. Sombras y macabros gritos ensordecían los
oídos de los caballeros, unidos ahora en un sólo bando. Una nueva batalla iba a
comenzar. El caballero volvía a empuñar con fuerza su espada con su filo
dispuesto para desgarrar la oscuridad que los envolvía. Ahora que conocían al
verdadero enemigo, la lucha iba a ser dura y dolorosa. Todos elevaron sus
espadas hacia el cielo y brillaron como un firmamento estrellado en mitad de la
negrura para luchar por un nuevo amanecer eterno.